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Encíclica de Papa Juan Pablo II sobre el Valor y el Caracter Inviolable de
la Vida Humana 100.
En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida estamos sostenidos y
animados por la confianza de quien sabe que el Evangelio de la vida, como
el Reino de Dios, crece y produce frutos abundantes (cf. Mc 4, 26-29). Es ciertamente enorme la desproporción que
existe entre los medios, numerosos y potentes, con que cuentan quienes trabajan
al servicio de la « cultura de la muerte » y los de que disponen los promotores
de una « cultura de la vida y del amor ». Pero nosotros sabemos que podemos
confiar en la ayuda de Dios, para quien nada es imposible (cf. Mt 19,
26). Con esta profunda certeza, y movido por la
firme solicitud por cada hombre y mujer, repito hoy a todos cuanto he dicho a
las familias comprometidas en sus difíciles tareas en medio de las insidias que
las amenazan: es urgente una gran oración por la
vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada
grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con
iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica
apasionada a Dios, Creador y amante de la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con
su ejemplo que la oración y el ayuno son las armas principales y más eficaces
contra las fuerzas del mal (cf. Mt 4, 1-11) y ha enseñado a sus
discípulos que algunos demonios sólo se expulsan de este modo (cf. Mc 9,
29). Por tanto, tengamos la
humildad y la valentía de orar y ayunar para conseguir que la fuerza que viene de lo alto haga caer
los muros del engaño y de la mentira, que esconden a los ojos de tantos
hermanos y hermanas nuestros la naturaleza perversa de comportamientos y de
leyes hostiles a la vida, y abra sus corazones a propósitos e intenciones
inspirados en la civilización de la vida y del amor.
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